Una vida, una vez consumada, es irrevocable. Permanecerá para ser contemplada por toda la eternidad. Lo mismo puede decirse de cada día. Una vez transcurrido, se ha ido para siempre. Todas las marcas que le hayamos puesto, las exhibirá para siempre. Cada día no solo será testigo de nuestra conducta, sino que afectará nuestro destino eterno. ¿Cómo desearíamos entonces que cada día estuviera marcado con utilidad? Es demasiado tarde para enmendar los días que han pasado. El futuro está en nuestras manos. Resolvamos, pues, cada mañana enviar el día a la eternidad con el atuendo que deseamos que lleve para siempre. Y por la noche, reflexionemos que un día más se ha ido irrevocablemente, marcado indeleblemente. (E. Judson, La vida de Adoniram Judson [Anson, Randolph & Company, 1883, págs. 13-15])
Por lo tanto, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo y santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional… Porque es necesario que todos comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo. (Romanos 12:1, 2 Corintios 5:10)

Deja un comentario