El juicio, que examinamos en la sección anterior, ocurrió durante el reinado de
Joacim (26:1). En esa ocasión Jeremías fue juzgado y puesto en libertad. Los sucesos
del capítulo 32, sin embargo, se desarrollan en el décimo año del reinado de Sedequías,
cuando el ejército del rey de Babilonia comenzó a sitiar Jerusalén. En esa ocasión
Jeremías fue puesto en el patio de la prisión (v. 2) por profetizar que Nabucodonosor
tomaría Jerusalén (v. 3). Mientras Jeremías estaba allí recibió un interesante e inusual
desafío a su fe.
En prisión, recibió una palabra de parte de Dios (v. 6) que Hanameel su primo
vendría a ofrecerle en venta un campo en Anatot (v. 7). Cuando Hanameel vino, Jeremías
supo que había recibido palabra de parte de Dios (v. 8), así que compró el campo por
diecisiete ciclos de plata (v. 9). Se hizo un registro permanente de la compra en presencia
de testigos. El registro se entregó luego a Baruc, el escriba de Jeremías, para que lo
conservara (v. 12). Toda esta transacción fue un acto de fe ya que Jerusalén estaba a
punto de ser conquistada por Nabucodonosor. Jeremías inmediatamente tuvo sus dudas
sobre lo sabio de la compra que había hecho, y dijo al Señor que no podía entender por
qué le había dicho que comprara el campo cuando la ciudad estaba a punto de sucumbir
ante el enemigo (v. 25). En los versículos 26-44 el Señor responde que aunque la ciudad
iba a ser destruida debido a los pecados de su pueblo (vv. 26-36), habría una gloriosa
restauración (vv. 37-44)
La fe nunca es descuidada. No es fanática. Es obediencia
precisa a la Palabra de Dios revelada

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